14.1.08

PRIMERO FUE MAFALDA, DESPUÉS REIKO, Y AHORA...

Persépolis para todos...






Érase una vez unos niños ke parecían niños, érase también unos padres ke nos trataban como padres. Érase una discusión, una pelea, y ke te encerraran en un armario del cole durante el recreo, ke tus padres te dieran un tortazo y ke la profesora te castigase a kedarte sin patio. Érase un disgusto, una llorera y una pataleta. Y no salía por la tele, y no nos llevaban al psicólogo, y no le pegábamos a la profe, ni denunciábamos a nuestros padres, ni nos cambiaban de cole, ni lo grabábamos con el móvil... Me pierdo... me pierdo y sólo érase hace 10 años...





Existen algunos capullos ke disfrutan jodiendo la nochevieja a los ke tienen a mano, a ellos habría ke joderles todas las demás noches del año. Menos mal ke aún existe gente con ganas de combatirlos. Salud tirso.



Entran cinco personas en escena, cada una vestida de un color completamente, de pies a cabeza, ya saben, enterita. Los colores serán rojo, blanco, negro, amarillo y marrón. Como se habrán dado cuenta, cada color representa una raza, por eso escogí esos, porque no conozco razas que se identifiquen con el morado, el naranja o el azul, pero bueno, si ustedes quieren y le encuentran explicación, entonces cambien los colores.

Los cinco personajes entran a gatas en escena, como de bebés, se van situando por la tarima o escenario o el lugar donde vayan a representar, como ellos crean, con espacio para cada uno, claro, no muy juntos pero tampoco muy separados... Una vez en su sitio, van incorporándose poco a poco, y, mientras lo hacen, se colocan, despacio, pero de forma solemne, una cinta negra sobre los ojos, pueden hacerlo todos a un tiempo o de uno en uno, porque sonarán distintos ritmos, para que cada uno de los personajes se mueva al compás del que mas adecuado le parezca, es mejor que la música se elija en conjunto, porque es importante que tenga que ver con la raza de la que se habla, pero también que el “actor” se sienta a gusto moviéndose con ella.

Así que, como decíamos, la música comienza, una por una. Cuando un ritmo suena, los demás miran extrañados, casi horrorizados, pero en el momento que suena la propia música, la cara cambia, bailarán, se moverán sonrientes y con gesto de superioridad... Importante que tengan en cuenta que la conciencia del personaje es que su raza es superior, que los demás le odian por ser diferente y que él odia a los demás por no ser como él.

Durante unos minutos (entre cinco y diez minutos) jugamos con los ritmos, hasta que el público identifique bien a los personajes, no podemos esperar que todo el mundo lo vaya a conseguir, pero utilizaremos, a pesar de todo, esos minutos por si acaso... Cuando los “actores” ya no puedan más (eso lo sabremos si hemos ensayado) o cuando el “director”, que para eso es el “director”, lo encuentre oportuno, la música cesará bruscamente, no habiendo sido la última ninguna de las cinco, sino todas, pero esto último durará escasos diez segundos. Después de unos quince segundos sin música, en los cuales los personajes estarán quietos y mirando hacia el suelo, suena Imagine (Jhon Lennon) y aparece en la escena un anciano, mal vestido, con pinta de loco, ciego, representa a un “sin techo”, así que, desgraciadamente encontrarán ejemplos en la calle para ver la vestimenta que podría llevar, tiene el pelo largo, blanco, despeinado... Sabemos que es ciego por su actuación, si es necesario le ponemos bastón, pero sería preferible que el “actor” supiera transmitir la ceguera sin venda y sin bastón.

Al entrar el ciego, todos los personajes le miran con la misma expresión de extrañeza y desprecio. La música, que sólo se ha utilizado para dejar entrar al ciego, termina.

El silencio llena la escena un segundo y entonces el anciano comienza a hablar, alto, seguro de sí mismo, pero con un cierto aire de locura, es decir, como si estuviera diciendo cosas que nadie comparte, supongan que esta diciendo que la tierra es plana con un convencimiento total de ello. Suponiendo esto mismo, sabemos los gestos que podrían estar haciendo los que le escuchan.

CIEGO: ¡Ciegos! ¡Ciegos! ¡Estáis todos ciegos! Bailad al ritmo de vuestro corazón, no sólo al de vuestro pueblo. Celebrad que estáis vivos, daros la mano, compartid la fiesta, bailad juntos... (A medida que habla va elevando la voz y trata de acercarse a cada uno de los colores para bailar con ellos, pero deshecha la idea en el último momento, se mueve dando piruetas, bailando, tropieza todo el tiempo porque no ve absolutamente nada)

NEGRO: ¡Loco! ¿Has probado a bailar al lado de quien te odia?

BLANCO: ¿Has recibido el golpe de la mano de un extraño?

ROJO: ¡Loco! ¿Te han echado de tu tierra por el color de tu piel?

MARRÓN: ¿Te han negado la entrada?

AMARILLO: ¿Han puesto barreras en tu camino hacia casa?

CIEGO: Sé lo que es ser diferente.

NEGRO: Tu color es el del pueblo donde vives.

AMARILLO: Y tu música es su música.

CIEGO: Mi pensamiento es negro como tú, melanésico. Mi esperanza blanca, como tú, caucasiano. Mi corazón rojo, como tú, amerindio. Mi fuerza marrón como tu color, semita. Y amarillo mi dolor, como tú, ainu.

NEGRO: El negro es razón.

BLANCO: El blanco es pureza.

ROJO: El rojo es pasión.

MARRÓN: El marrón valor.

AMARILLO: Y el amarillo es sentimiento.

TODOS (excepto el ciego): (hablan a la vez, gritan seguros de sí mismos, repiten, convirtiéndose todo en una masa informe de palabras muertas...) ¡Pureza!, ¡pasión!, ¡valor!, ¡sentimiento!, ¡razón!...

CIEGO: ¡Locos! ¡Ciegos! ¡Insensatos! ¿Qué pintor lleva en su paleta únicamente un color? El mundo es rico en tonos: violetas, naranjas, azules, verdes... colores sin los cuales el mundo no sería mundo.

TODOS (excepto el ciego): (con menos seguridad que antes, repiten, ahora más bajo) ¡Pureza!, ¡pasión!, ¡valor!, ¡sentimiento!, ¡razón!...

CIEGO (mirando al blanco): La pureza no es pureza si no lleva sentimiento.

BLANCO: (mira asombrado al amarillo, éste al oír al ciego sonríe) Ciego, ¿no ves que deliras?

CIEGO: (mirando ahora al amarillo, que al oírle deja inmediatamente de sonreír) ¿Y qué es sentimiento sin algo de pasión?

Al oír esto, el rojo sonríe, como hizo antes el amarillo, verán que se repite la escena en círculo, procuren repetir sucesivamente lo que acaban de hacer el blanco y el amarillo.

AMARILLO: Calla, no me hagas reír.

CIEGO: Y tú, dime, ¿pasión sin valor de qué sirve?

ROJO: Intentas descalificarme.

CIEGO: ¿Y qué hay del valor si no lleva razón?

MARRÓN: Idiota, viejo, no sabes de qué hablas.

CIEGO: Y la razón, si no es pura, ¿qué tiene de buena?

En ese momento el blanco trata de esbozar una sonrisa, pero no lo hace, duda, pero definitivamente se queda serio.

NEGRO: Haced que se calle, tapadle la boca.

CIEGO: ¡Eso! Matad al anciano, al ciego que ve más que los que tenéis vivos los ojos...

Durante unos segundos todos se callan, miran al suelo, al cielo, a sí mismos y a los demás, se lee en sus caras una sensación de asombro y duda que al espectador le hará dudar también, nadie sabe como van a reaccionar. Por un momento parece que el ciego les haya causado algún efecto, incluso parece que están entrando en razón. De pronto sus ojos, los de los cinco, se cruzan unos con otros, y sus expresiones cambian de nuevo, son otra vez los reyes del mundo en que viven...

BLANCO: ¿Y qué ves, anciano?

CIEGO: Los prejuicios de los que estáis, sin saberlo, rodeados.

ROJO: No puedes hablar como si lo supieras todo, yo no tengo prejuicios, juzgo a la gente por lo que sé de ella, no me hace falta conocer a nadie diferente para saber como es, sé que la gente que es diferente a mí, me odia, por eso los odio yo, pero eso no son prejuicios.

AMARILLO: Hubo un tiempo en que mi gente podía sentirse libre, después alguien creyó que mi tierra era posesión suya y que todo lo que hubiera en mi tierra le pertenecía, mi familia vivía allí, por tanto éramos posesión suya, cambiaron nuestros nombres y nuestras nacionalidades, eran más fuertes, así que ninguno de nosotros nos atrevíamos a revelarnos, muchos de los que lo hicieron acabaron muertos. ¿Quieres que me moleste en conocer a quien mató a los míos? No me hace falta, sé lo que son capaces de hacer por un pedazo de tierra. No tengo prejuicios, ya los conozco suficiente como para mantenerme a distancia.

CIEGO: No os dejéis engañar. Estáis generalizando. Estáis hablando de errores que se cometieron en el pasado, los que cometieron aquellos errores están muertos, la gente no es de un modo determinado por el hecho de pertenecer a una sociedad concreta, o al menos no debería de serlo. A eso me refiero cuando hablo de prejuicios, a que no veis personas sino productos de una sociedad.

MARRÓN: No creo en los prejuicios, pero tampoco creo que haya ninguna persona que no esté condicionada por el entorno en el que se mueve. Verás, en mi tierra están en guerra, lo que aquí llamáis guerra santa, es una guerra, me da igual el nombre que tenga. Unos luchan con otros por un territorio, los que viven allí opinan que es suyo porque siempre lo ha sido, los que intentan entrar lo hacen porque lo dice su libro sagrado. Lo mires por donde lo mires allí hay una guerra. La imagen que fuera se tiene de eso, no es lo que sucede realmente, ¿quieres que tienda mi mano a los que se preocupan más por ellos mismos que por ayudar a mi gente? Eso no son prejuicios, es sólo regalar indiferencia a aquellos que me la ofrecen a mí.

NEGRO: Cuando mis antepasados vivían esclavizados, ¿dónde estabas tú entonces?, ¿quién había allí para decirles que todos éramos iguales? No quiero considerarme otra cosa que superior ante unos bárbaros que me trataron como un animal de carga.

CIEGO: Ahí los tenéis, os han atrapado. Os creéis libres, pero os atan de pies y manos. Una vez escuché a un hombre decir que las maldades que cometíamos en el pasado nos regresarían multiplicadas infinitas veces, me estáis demostrando que es cierto, pero es culpa de la gente que jamás olvida. Estáis castigando a gente que ni siquiera había nacido cuando todas esas cosas sucedían. Estáis vengándoos de la gente equivocada, os estáis vengando de gente por lo que sus antecesores hicieron. Sois esclavos del pasado.

BLANCO: ¡Qué idiotez! Soy libre. Hubo un tiempo en que mi pueblo estuvo en guerra, algunos descerebrados intentaron ocupar la tierra donde los míos habitaban, nos quisieron cambiar las costumbres, pero al final conseguimos que se marcharan, ¿pretendes acaso que los reciba ahora con los brazos abiertos? Pero ahora por fin soy libre.

CIEGO: Y odias a tu hermano...

NEGRO: Yo no odio, yo vivo en libertad y sin prejuicios.

CIEGO: Tú odias igual. No tenéis salida. ¿Sentís vuestros ojos? Sois ciegos idiotas que podéis mirar, pero que no veis, que creéis que tenéis la verdad, que escapáis de quien veis diferente por fuera sin saber que quizás se os acerque más al corazón que cualquiera. Miráis sólo con los ojos de la cara y no veis más allá de la superficie de lo que os rodea.

AMARILLO: Estás loco, yo no veo prejuicios, lo veo todo muy claro.

ROJO: Prejuicios, ¿en dónde? Prejuicios los tuvieron los que me echaron de mi tierra y la hicieron suya, los que convirtieron a mi gente en borregos de una sociedad que nunca entenderemos, los que llegaron a mi tierra y la destrozaron, los que dicen que la descubrieron, cuando hacía tiempo que nosotros éramos parte de ella. Eso era tener prejuicios, llegar allí, escupirnos y apartarnos, hacer suya la tierra sin molestarse en preguntar si estábamos de acuerdo.

MARRÓN: Lo que tengo no es nada en comparación en lo que han tenido las gentes que han intentado tantas veces conquistar nuestras posesiones. Eso si son prejuicios.

CIEGO: No podéis compararos con lo peor que puede suceder, sino con lo mejor, no podéis decir que no tenéis prejuicios en comparación con otros que si que los tienen, tenéis que compararos con quien no tiene prejuicios, esos son los que merecen que os comparéis con ellos, porque es a eso a lo que tenéis que aspirar.

NEGRO: Sin compararme con nadie, no me hace falta, sé que no tengo prejuicios. Vivo tal cual me enseñaron que tenía que vivir, pero no tengo prejuicios, y si no... ¿dónde están?

CIEGO: (señalándose la cabeza, tocándola) Los lleváis aquí dentro, queréis ocultarlos. Los habéis aprendido, os los han enseñado, eso da igual... os odiáis...

MARRÓN: Yo no odio sino a quien me odia.

AMARILLO: Yo no acepto si no se me acepta.

ROJO: Yo huyo de quien de mí huye.

BLANCO: Yo repudio a quien me repudia.

NEGRO: Yo no creo en quien no cree en mí.

Por un momento se miran unos a otros como si se hubieran dado cuenta de que todos hablan de lo mismo... Al hacerlo sucede lo mismo que antes, no soportan cruzar sus miradas.

MARRÓN: Ellos me odian.

AMARILLO: Ellos no me aceptan.

ROJO: Ellos son quienes huyen.

BLANCO: Ellos me repudian.

NEGRO: Ellos no creen en mí.

CIEGO: ¡Dais vueltas absurdas! ¡Camináis en círculo! Habláis de prejuicios sin querer nombrarlos.

MARRÓN: Anciano, no sabes de qué estás hablando.

ROJO: Hablas sin pensar.

CIEGO: Pienso más que hablo.

NEGRO: No sabes lo que es pasarlo mal.

CIEGO: Odias a quien te odia y te odian por odiar...

BLANCO: Eres un desheredado del mundo que te rodea y es porque te lo mereces.

CIEGO: Soy ciudadano del mundo.

ROJO: Eres del infierno.

CIEGO: Soy de aquí y de allá.

AMARILLO: ¿Qué hay de las barreras? ¿Qué hay de las murallas?

CIEGO: Eso son leyendas, en mis pensamientos no existen fronteras.

MARRÓN: ¿Y de tu cultura? No tienes cultura.

CIEGO: Sí tengo, pero no impuesta. Mi cultura es parte de mis sentimientos. Son las enseñanzas que elegí aprender, son trozos de cuentos, partes de culturas, cosas de ninguna cultura que exista, retazos de vidas que unidos componen la manta con la que me cubro cada noche.

AMARILLO: Vives en la calle.

CIEGO: Por falta de suerte o por intención. Vivo donde quiero pues no tengo tierra.

ROJO: Hasta que te expulsen por no ser como ellos.

MARRÓN: Hasta que te griten que no eres bienvenido.

CIEGO: Eso es lo que intento hacer que entendáis. Quien me diga eso es como vosotros, no queréis oírlo, pero lo decís. Echáis de la que creéis vuestra tierra a los que hace años os echaron a vosotros.

BLANCO: Ellos nos echaron primero.

CIEGO: Y dentro de unos años, serán ellos de nuevo los que os echen si los necesitáis, como estáis haciendo vosotros ahora.

NEGRO: Dentro de unos años no los necesitaremos.

CIEGO: No, porque estaréis muertos. Pero ¿y vuestros hijos? ¿Y vuestros nietos?

Silencio...

CIEGO: Escuchadme un momento, os contaré una historia...

El teatro se oscurece poco a poco, comienza a sonar una melodía de fondo, la que ustedes deseen, la historia no sugiere un tipo de música determinado, lo que importa es que sólo sea melodía, sin letra. La falta de luz no permite distinguir las figuras, el ciego encenderá una cerilla para que se le adivine al menos, cuando se vaya consumiendo encenderá otra, y así hasta el final de la historia. Lo que importa ahora es dar un carácter cálido a la escena, cercano, como de infancia, recuerden por ejemplo cuando sus papás les contaban cuentos por la noche. La voz del ciego ahora debe ser, por tanto, más suave, más calmada, ya dijimos, como de papá contando cuentos a su nene una de esas noches en la que de veras le apetece contar el cuento.

CIEGO: Veréis, hace tiempo, cuando la mayor parte de las tierras aún eran salvajes, bastas y naturales, hace mucho tiempo, comenzó la torre de Babel. No sé en que lugar sucedió esta historia, pero tampoco importa, quizás fuera en Persia, tal vez en Asiria, ¿qué más da? Pues bien, un día dos niños jugaban al aire libre, cada uno por su lado, corrían, chillaban, para ellos eran tiempos felices pero no para sus familias. Ellos eran chiquillos y no alcanzaban aún a comprender por qué sus papás y sus mamás estaban siempre preocupados. Cada uno jugaba con lo que podía, uno seguía una mariposa, otro iba y volvía hasta la orilla de algún río sin atreverse a saltar al agua. En algún momento estos dos niños se encontraron, quizás el que seguía la mariposa se había alejado demasiado, no lo sé, lo importante es que se encontraron de frente. Ambos iban desnudos y se sorprendieron el uno al otro. Se miraron fijamente unos segundos, después, sin decir nada, se acercaron y comenzaron a tocarse, los brazos del primero, las manos del segundo, sus pieles eran diferentes, quizás uno era blanco, quizás negro o amarillo, eran diferentes, eso seguro. Se miraron durante unos segundos más y comenzaron a reír, no hablaban, pero reían en el mismo idioma, así que ni siquiera se preocuparon de otra cosa. Comenzaron a jugar y a correr, ambos, de la mano, se atrevieron a saltar al río. Reían tan alto que ninguno de los dos escuchó el sonido que luego quedó para siempre en la cabeza de uno de ellos. El disparo llegó sin avisar, uno de los chicos se desplomó en el agua para no volver a levantarse. Había invadido un territorio que no era suyo sino de sus enemigos. Cuando el otro niño levantó la cabeza se encontró con su gente que, satisfecha de su acción, le miraba en silencio. No importaba si el chico había encontrado un amigo, sólo importaba su territorio, tenían que defenderlo de los extraños, y aquel pequeño era un extraño.

La luz va subiendo lentamente, los ojos de los colores están fijos en el ciego que cuenta la historia. El silencio es angustioso y durante un minuto nadie se atreve apenas a respirar, los colores se miran unos a otros sin querer dar crédito a lo que acaban de oír. Alguien intenta hablar, pero no se atreve, alguno susurra algo, pero no llega a ser una frase con sentido, quizás blasfema algún otro.

CIEGO: Y bien, ¿seguís pensando que vuestro odio es justificado?

Nadie responde.

CIEGO: ¡Hablad! ¡No os calléis ahora!

Silencio. El ciego se acerca a uno y lo zarandea.

CIEGO: Dime, ¿tiene tu odio algún sentido?

BLANCO: (susurrando, casi sin voz) No es lo mismo.

El ciego acosa ahora al negro.

CIEGO: ¡¡¡Levantad la voz, razonad ahora!!!

NEGRO: No lo sé, no es lo mismo.

CIEGO: Abrid los ojos, ¿no os dais cuenta de que estáis equivocados? Lo sabéis, pero no queréis admitirlo. Tenéis la mente de un asesino, no matáis pero censuráis sin conocer, odiáis por el color de la piel, repudiáis por la religión, cerráis puertas por las preferencias sexuales, estáis locos, yo no soy el loco. Yo no soy el ciego, no veo, pero tengo más sentido común que cualquiera de vosotros. Insensatos...

AMARILLO: (despacio, como si supiera que se está equivocando, como si defendiera una idea que sabe que es equivocada) Ahora mismo tengo los ojos bien abiertos, puedo ver todo lo que me rodea, estoy completamente seguro de lo que veo y, ¿quieres saber qué veo? Veo que no hay nadie de los míos a mí alrededor, me veo solo entre extraños que me odian, que se creen superiores a mí y que a mis ojos se convierten por eso en indeseados, son diferentes, son inferiores.

MARRÓN: (del mismo modo que el amarillo) Yo sólo veo extraños.

ROJO: Yo me siento completamente solo, no me importa ninguno de los que hay aquí, porque no son como yo. Jamás podrán entenderme.

CIEGO: Necios... seguís sin comprenderlo, y por lo que veo, tardaréis en hacerlo, o quizás nunca lo hagáis. Nos educan y educamos poniéndonos vendas en los ojos que, al madurar de verdad quitamos poco a poco. Mucha gente se queda a medio camino y otra mucha jamás empieza. Creemos que lo que vemos a través de las vendas es la realidad, porque es lo que hemos visto siempre y porque no sabemos que tenemos los ojos tapados.

BLANCO: ¿Quién pone esas vendas?

NEGRO: ¿Quién las quita luego?

CIEGO: Las pone este mundo que hemos inventado, esta sociedad. Las ponemos nosotros en definitiva. No somos conscientes, pero las ponemos. Y ahí están.

ROJO: (Ahora da la impresión de que, por fin, los colores tienen interés en lo que el ciego dice) Pero, ¿quién las quita?

CIEGO: Nosotros también. De pronto, un día, descubrimos algo que antes no creíamos. Pues bien, ya hemos quitado una venda.

MARRÓN: (Aparentemente entusiasmado porque entiende lo que el ciego intenta explicar) Como cuando alguien te dice que estás equivocado, y no te lo crees...

ROJO: (casi cortándole, termina su frase) Y te lo demuestra.

NEGRO: Y entonces lo aceptas.

CIEGO: Sí, exacto, igual.

BLANCO: Pero, ¿qué tiene que ver esto con nosotros, con nuestros colores, nuestras diferencias? Somos diferentes, eso lo veo con venda o sin ella.

CIEGO: No, justo lo contrario, ahora hablas de lo que ves a través de las vendas. Tan sólo tenéis distinta la piel, tan sólo un color, o una mirada. Pero eso no importa, ¿qué es la piel? Todos sois personas.

NEGRO: Pero diferentes.

CIEGO: ¿Distinto color? ¿Y eso qué más da? Todo el mundo es diferente tenga o no el color distinto, pero también todo el mundo tiene algo en común.

MARRÓN: ¿Yo y ellos? Ni loco.

CIEGO: Todos dialogáis.

AMARILLO: En distinto idioma.

CIEGO: Todos sonreís.

NEGRO: Diferentes bocas.

CIEGO: Todos sentís miedo.

BLANCO: Por razones diferentes.

ROJO: Por distintas cosas.

CIEGO: Pero, todos sois gente.

Silencio. Todos intentan contradecir al viejo, pero no se les ocurre nada.

CIEGO: Todos sois humanos, todos maduráis y habéis crecido, todos tenéis algo que os hace llorar, reír, besaos, cantar, caminar, comer, hacer el amor, pensar...

ROJO: ¡No somos iguales!

CIEGO: ¿Por qué?

BLANCO: ¡Porque no!

CIEGO: (Con una leve sonrisa) ¿No hay otra razón?

AMARILLO: ¡No!

MARRÓN: (Deprisa, como corrigiéndole, le mira por primera vez como diciéndole que ha metido la pata) ¡Sí!

NEGRO: (Dejándose vencer, se ha dado cuenta de que no hay ninguna razón)... porque no.

CIEGO: ¿Lo veis?

ROJO: Intentas confundirnos.

AMARILLO: Nos haces dudar con tus acertijos.

BLANCO: Juegos de palabras.

MARRÓN: Has leído más, quizás demasiado.

CIEGO: He vivido más.

NEGRO: No nos vas a hacer cambiar de opinión.

CIEGO: Ya lo habéis comprendido, pero os daréis cuenta demasiado tarde.

ROJO: ¿Nosotros? ¿De qué?

CIEGO: (Satisfecho) ¿No lo habéis notado?

Silencio, se miran entre todos, sin evitar sus miradas, como intentando averiguar de qué tienen que darse cuenta.

CIEGO: (Saliendo, sentenciando) Ya habláis en plural.

La luz vuelve a apagarse. Cuando se enciende, los colores están en la misma posición, el ciego no está. Se van girando hasta hacer un círculo dónde todos se ven unos a otros. Llevan las manos atadas delante con papel celofán. En el centro cuelga una gasa prácticamente transparente, larga y ancha. Comienza a sonar la música que representa al negro, comienza a moverse hacia el centro y poco a poco los demás intentan bailar, pero no pueden. Uno de ellos, el amarillo por ejemplo, se acerca al centro y el negro se acerca a él. Ambos muy asustados y lentamente intentan tocarse, pero no pueden, el papel que ata sus manos no les deja acercarlas. Desisten y la música cesa poco a poco. Comienza la música del marrón y éste es ahora quien baila, los demás vuelven a intentarlo, consiguiendo moverse de cuando en cuando, pero no del todo. El marrón se acerca también al centro y al ver que no puede utilizar las manos acerca su rostro al del blanco, el amarillo a su vez lo hace con el negro. Estos últimos se sitúan completamente en el centro y se besan, o lo intentan, pero la gasa del centro se lo impide. Comienzan a cambiar de cuando en cuando las músicas y, finalmente se confunde a veces de quién es cada música. Empieza un juego de intentos entre los colores, con la gasa y las manos, a veces consiguen besarse, a veces consiguen tocarse, otras veces no. Por fin los cinco ritmos están sonando juntos, por un momento parece que no hay diferencias entre ellos, parece que vallan a soltarse las manos, y están intentando todos juntos arrancar la gasa del techo. De pronto, al verse colaborar unos con otros, alguien da un paso hacia atrás y, como avergonzados, todos le imitan, giran bruscamente dándose la espalda unos a otros, caminan despacio como para salir por distintos lugares del escenario, por un momento vuelven la cabeza, rectifican. La luz y la música cesan de golpe.

Cuando la luz vuelve, los cinco colores están desnudos en el suelo, muertos, cada uno en una dirección, sobre cojines, mantas, colchones, cualquier cosa. En el fondo del escenario se ve la imagen de unos cadáveres, toda la escena destila sensación de muerte. También de igualdad, muertos son todos iguales por fin. De fondo se oye una canción lenta en un volumen muy bajo. Entra el ciego en escena, los mira, camina entre ellos con una expresión completamente triste, de incredulidad y dando la impresión de desistir. Se sitúa en el centro de los cinco, se inclina, colocándose prácticamente de rodillas, de frente al público. Mira fijamente al respetable. Una voz en off dice:

OFF: ¿LO VEIS? DEMASIADO TARDE, LOS POBRES MUERTOS SON TODOS IGUALES.


Oscuro y fin.






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